martes, 4 de octubre de 2016

Miedo a la vejez



     Existe el término oficial. Los psicólogos lo llaman "gerascofofobia", pero el hecho es que en nuestro país domina un miedo cultural a la vejez. Las razones parecen obvias. Es la edad donde se pierden ciertas capacidades, que dentro de los parámetros sociales, son las que nos permiten vivir sin dificultades en este mundo. A veces, esta etapa es acompañada por enfermedades que nos debilitan y los inutilizan para ciertas actividades. Todo eso es entendible. Yo me uno a esa preocupación. Sin embargo, ese miedo va más allá de la salud. Es algo que se que se aferra a las emociones, en ocasiones, desde muy temprana edad.
     Curioseando en las redes sociales, me encontré un comentario de mi querida amiga Marina Huerta, en donde abarcaba esos temas de los cambios que producen la edad. Marina es una mujer a la que le he aprendido mucho, porque ella ha aprendido mucho de la vida, aunque todavía no está en el rango de la tercera edad. Ella mencionaba que su madre le insistía en que se pusiera bótox, a lo que Marina agregaba que no estaba en contra de quiénes deciden hacerlo; sin embargo, ella prefería no perder la esencia de su vida. Además, afirma sentirse guapa. Y lo es. Después de leer el comentario, reflexioné.
     Estamos tan inmerso en los estereotipos sociales, que se nos olvidó encontrar la belleza en los ancianos. Y perdón por no usar el eufemismo de "personas de la tercera edad". No tengo nada en contra de eso, pero yo siento con más ternura la palabra anciano. Eso es algo que nos ha quitado este mundo de lo políticamente correcto. Las personas mayores, como también se les llama, son un cúmulo de experiencias, registros de vidas, sabiduría pura.No en balde, muchas culturas antiguas les rendían pleitesía. Ellos sí que sabían valorar lo que tenían.
     El verdadero miedo es el que viene desde lo más profundo de las emociones. Ése que se cultiva con el tiempo y se transforma con la experiencia. Le tenemos miedo a lo que desconocemos, pero también a lo que conocemos y si algo sabemos a la perfección es que este mundo no está diseñado para la comodidad de los ancianos, mucho menos para rendirles culto. El verdadero miedo es vivir en este contexto siendo ancianos. 
     Al igual que Marina, yo tampoco estoy en contra del bótox ni de las cirugías plásticas. Se me hace una maravilla que exista esta rama de la medicina, tanto para fines reconstructivos como estéticos. Tengo mis reservas, pero en este punto no puedo asegurar que nunca lo haré.Sin embargo, más allá de la vanidad, en realidad lo que buscan las personas, con estas intervenciones y recursos, es seguir encajando en este mundo que exige juventud y perfección.
     Por desgracia, no termina con el aspecto físico. Lo peor está en el trato. Muchos ancianos en estos tiempos viven en constantes abusos. Y no solamente me refiero a los que abandonan en los asilos o a los que trabajan en las calles. Eso es espantoso. Sin embargo, también hay maltrato cuando no los visitan, cuando no los escuchan, cuando no respetan sus decisiones, cuando se ignoran sus recomendaciones, cuando no atienden sus deseos,  cuando no agradecen sus preocupaciones, cuando están ahí nada más. No me malinterpreten, no pretende hacer juicios sobre nada. Sé que hay muchas razones válidas que justifican estas situaciones; pero yo hablo de aquellas veces en las que se puede dar y hacer más. Eso cada quien lo decide.
     Mis papás, que son muy sabios, siempre me han inculcado, tanto en palabras como en hechos, que hay que tratar bien a los padres, en todo momento, pero sobre todo en su vejez, que es cuando más nos necesitan; ya que además del placer que produce la acción, sirve de ejemplo para los hijos y les están enseñando a como los deben tratar cuando lleguen a esa etapa. Toda la razón. No obstante, a mi me gustaría llevarlo a otro nivel. Propondría que construyamos hoy el mundo que deseamos cuando seamos mayores. Es de esos negocios en los que todos ganan.
     Es verdad que algunos son malhumorados o hasta intolerantes, pero es difícil vivir en un mundo que ya no entiendes del todo. No es lo que conociste. Después de una vida para aprender a ser una persona, en toda la extensión de la palabra, te encuentras en un mundo que ha cambiado. Tecnología y valores. Todo ha cambiado. En la etapa en donde debes descansar, porque te lo has ganado; te encuentras que todavía hay nuevas cosas que aprender. No se trata de falta de inteligencia, por supuesto que no. La paciencia se ha agotado. Por eso, nos toca a nosotros ser pacientes.
     Como escritor, confieso que me encanta platicar con los ancianos. Hay tanta vida en sus historias y tantas historias que contar, que terminas aprendiendo de sus experiencias y agradeciendo por compartirlas. O así debería ser. Hay que escuchar lo que dicen, porque han vivido mucho como para equivocarse del todo. Entender que su contexto es diferente y adaptarlo a nuestro entorno. No torturarlos con explicaciones que los angustian, ni confundirlos con conceptos que les es difícil comprender. Su vida ya está hecha y así está bien.
     Tengo la fortuna de tener una perrita french poodle que acaba de cumplir 16 años. Se llama Peggy. Los que la conocen saben que es de hierro, sobre todo en la actitud. Con ella he aprendido  mucho sobre la vejez. Ella no se queja de sus deficiencias, aprende a vivir con ellas. Los animales no se andan con complicaciones. Todavía corre y se pasea por la casa como la dueña. A veces deja obsequios, pero son cosas de la edad. Todo está bien, hasta que tiene que salir de la casa. Es cuando le teme a su vejez. Ya no está lista para vivir en el mundo de afuera y, sabiamente, se regresa a la casa donde se siente segura y es feliz. Donde tiene todo.
     Desgraciadamente, muchas personas mayores no tienen la oportunidad de permanecer en su zona de confort. Tienen que salir a la calle todos los días y enfrentarse a un ambiente que es complicado para ellos. Y en otro casos, no encuentran la comodidad en donde están. En muchos sentidos. Se trata de que cambiemos esto. De que hagamos lo mejor que podamos por los ancianos. Ese sería un mundo en el que no me molestaría llegar a viejo. En ese contexto, todos nos sentiríamos cómodos.
     Ellos pueden ser nuestros padres, nuestro abuelos o gente importante que ha visto siempre por nosotros. Puede ser el vecino o hasta un desconocido. A veces, sólo se trata de ser amable y darles un poco de ayuda, pero sobre todo respeto. Recuerden que, si tenemos suerte, todos vamos para allá y es mejor empezar a enseñarle hoy a los menores, como se debe tratar a los ancianos en en el futuro, y el mejor aprendizaje se obtiene a través del ejemplo. Y tú, ¿le tienes miedo a la vejez? 
     

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